Nos ha tocado a Sara y a mí encontrarnos disfrutando de un programa infantil justo en el punto más alto de su popularidad comercial. Se siente un poco incómodo el percibirnos cómplices de la monstruosidad mercadotécnica que se genera alrededor de estos programas, aun cuando no adquirimos la mercancía y sólo nos conformamos con seguirlos. En cada caso, la moda alcanza un cenit y luego es abandonada por algo más nuevo y comercializable. Hemos pasado por tales situaciones cuando encontramos de nuestro agrado Las Chicas Superpoderosas, Bob Esponja, 31 Minutos y Backyardigans.Mencioné con anterioridad aquí y en otro artículo el atractivo de Backyardigans; las otras tres series nos engancharon por su sensibilidad adulta y humor sofisticado, fácilmente disfrazado por los peluches y dibujos sencillos y coloridos. Si algunas las dejamos de seguir fue por cambios de horario que nos hicieron perderles la pista, pero en el caso de Bob Esponja, ése programa fue el que nos dio el cortón a nosotros. Nos quedamos esperando episodios nuevos por mucho tiempo, en un periodo en el que se truncó la producción de estos por prepararse la película (que, debe decirse, no es nada del otro mundo). Por un tiempo revisé periódicamente si había novedades, hasta que finalmente me ocupé de otros programas.
En fechas recientes me ha tocado ver nuevos episodios y, aunque al parecer muchos críticos afirman que Bob Esponja ya perdió la gracia, a mí me siguen maravillando sus gags absurdistas y el complejo ritmo que algunos de sus chistes manejan.
Hace poco transmitieron Atlantis Squarepantis, la película para TV del 2007. Aunque no era particularmente graciosa, una escena me llamó mucho la atención, por razones que resultarán obvias.
En este fragmento del episodio "Chimp's Ahoy!", la ardilla Arenita, que es inventora, teme que sus inversionistas le retiren los fondos, en vista de que sus creaciones no son útiles. Estresada por la inminente visita de sus patrocinadores, le muestra a Bob y Patricio sus complejos pero imprácticos inventos.El remate inesperado, en especial la expresión de Bob, nos sacó una carcajada mortal.
Finalmente, una prodigiosa animación y caracterización logran un momento único que me es difícil explicar en palabras. En "The Two Faces of Squidward", Calamardo, el calamar vecino gruñón de Bob Esponja que también trabaja con él en el restaurante Krusty Krab, ve transformada su cara después de que Bob le azota la puerta en ella por accidente. Aunque al principio disfruta la atención que sus nuevos rasgos de halán le trae, sus fanáticos comienzan a salirse de control y ante el acoso, Calamardo no puede más y le pide a Bob que lo regrese a su estado original.Es como una sinfonía en el que la situación, el dibujo y la música ponen de su parte para crear esta divertidísima imagen.
Mucha gente simplemente asume que se trata de monitos llamativos que entretienen a los pequeños. Los niños verán indiscriminadamente cualquier cosa animada que se le ponga enfrente (se que yo lo hacía), pero Bob Esponja es hogar de algunos de los chistes más transgresores (en términos de comedia) que me haya tocado disfrutar. No sólo eso, sino que es de las poca caricaturas que preserva la tradición del dibujo divertido: hoy en día los personajes de la mayoría de los programas animados son tiesos e inamovibles. Desde John Kricfalusi no había visto tanta disposición a la variedad, lo grotesco, la expresión justa usada sólo en un cuadro de animación para no volver a ella jamás.
Quizá la propia popularidad de Bob Esponja haya cimentado su imagen como favorito de los niños y nada más, cuando en realidad su alcance es inmenso. Les recomiendo que le dediquen un par de minutos la próxima vez que aparezca mientras le cambian a la tele.
Pedro Arizpe, 07/11/08


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