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Literalmente.
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Cuando estaba en tercer año de primaria, la profesora se me acercó y me pidió que hiciera dos dibujos sobre el niño y el mar. Ella sabía que me gustaba dibujar: desde que pude sostener un lápiz y hasta alrededor de los 17 años de edad, era fácil encontrarme dibujando compulsivamente todos los días. Me sentí feliz por la petición, pero le pedí más detalles de lo que quería que apareciera en los dibujos. Se encogió de hombros y me dijo que simplemente dibujara algo que tuviera que ver con el tema.
Ahora bien, yo estaba vagamente consciente de que existía un concurso que invitaba a los niños a dibujar sobre la relación entre los niños y "la mar": definitivamente había visto los comerciales en los que un delfín tranquilizaba un niño diciéndole "no te asustes, sólo soy un delfín" (omitiendo que también era un animal de caricatura que podía hablar). Pero como todo lo que veía en el canal 5 en las tardes me parecía algo lejano, con sus comerciales más orientados a la teleaudiencia en la capital del país, no registré inmediatamente lo que estaba pasando. Sólo me puse contento y nervioso de que mi maestra recurriera a mí para hacerle dos dibujos a sus hijos artísticamente ineptos.
Por muchos años, ese recuerdo estuvo nada más ahí en mi cabeza, ocupando espacio. Un día, buscando temas de conversación, le conté despreocupado la anécdota a mi esposa. Su rostro se convirtió en una dura batalla entre gestos de incredulidad e indignacíon.
Aquel día de primavera de 1988, sin embargo, yo estaba encendido con mi proyecto y con el hecho de que mientras los demás estaban haciendo planas o qué se yo, yo estaba dibujando. La maestra no contaba con algo, sin embargo. Por mi gusto a dibujar, escribir, hacer monitos de plastilina y chiflar tonadas que se me ocurren, podría llegar a definirme como un artista. Suena presuntuoso, pero no lo es: tal definición no indica que sea buen artista. Admite solamente que me gusta participar en el acto creativo.
Mis dibujos, como mi prosa, siempre han tenido una cualidad fracturada que no me enorgullece. De hecho, me enloquece y me frustra; al mismo tiempo me empuja a tratar de mejorarme y me hace desentenderme de prácticamente todo lo que he producido con anterioridad. En ocasiones, los trazos nerviosos y detallados de un trabajo de horas denotan un esfuerzo monumental pero una carencia de talento absoluta; en otras, me quedo maravillado de la fluidez y personalidad de un garabato que hice sin pensar. En general, la vibra de mis dibujos es una de incomodidad: si lo ves de lejos, da el gatazo, pero si te acercas mucho verás que todo el asunto se revela endeble y pegado con chicle. No se qué esperaba mi profesora de tercer año, pero lo que yo le entregué fue uno más de estos incómodos frankensteins.
Seguramente se esperaba un paisaje trillado de un niño y su perro de espaldas viendo el atardecer frente al mar. O al menos una escena alucinada de unos niños jugando beisbol con un pulpo. Vaya, la mente de un niño es impredecible. Yo dibujé posiblemente la escena más literal, aburrida y sobria que el tema podría conjurar: niños jugando en la playa. Y no niños normales: niños como a mí me gustaba dibujarlos, con ojos enormes, similares a los de los Snorkels. Mi eterno desagrado por el mar y la playa me pusieron en aprietos al tratar de pensar en algo divertido que se pudiera hacer en tal escenario: al final los dibujé haciendo un castillo de arena y jugando volibol. El mar en sí fue un reto que no pude superar: tan cerca de la playa, sabía que no podría colocar peces, u otro tipo de fauna marina. Tampoco se me antojaba llenar el espacio con líneas onduladas (el dibujo no era a colores), así que finalmente el mar se quedó como una línea cercana al fondo del dibujo. El mar en mi dibujo de El niño y la mar era una línea. Hoy me resulta extraño recordar lo mucho que intenté a apegarme a una idea realista del paisaje, en donde no había cabida para que unas mojarras les tocaran los pies a los niños... niños cuyos ojos eran tan grandes como sus manos.
Así que ese día le entregué ese dibujo a la maestra, exhausto, prometiéndole que haría el otro al día siguiente. Me di cuenta de que finalmente desistió de la idea porque al día siguiente no me volvió a colocar aparte del resto de la clase, sino que tuve que hacer planas como todos los demás.
Cuando me acuerdo de eso, lo que me pega primero aún no es el hecho de que la maestra quiso usarme de dibujante fantasma; me pega el hecho de que el dibujo no hubiera ganado de todas formas. No hubiera ganado aunque los niños tuvieran los ojos normales o hubiera tenido el tiempo y los instrumentos para colorearlo. No, el dibujo no hubiera ganado porque lo que la mayoría de los ganadores de El niño y la mar tienen en común es que intentaron darle un mensaje a sus dibujos. Ya sea animales tristes porque el mar se llena de basura o una escena toda trippy en la que salen chavitos bajo el agua agarrados de la mano con mantarayas y morsas para denotar la armonía entre el ser humano y la fauna marina... el dibujo ganador es el que lleva una enseñanza. Yo hice simplemente un dibujo con las escuetas especificaciones que se me dieron: niños y mar. Los miembros del jurado probablemente hubieran visto a mis niños ojones parados en una playa y dicho, al unísono: "¿y esto qué?"
Pedro Arizpe, 25/10/08



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