En ocasiones siento que mi mente es como una carpeta llena de archivos mp3 sueltos y mal nombrados. Como cuando mi esposa se sorprende de que sepa un dato ridículamente oscuro; usualmente debo confesar que del tema conozco ese dato... y sólo ese dato. En lugar de estar bien versado sobre una variedad de temas, lo que tengo son un millar de fragmentos de información suelta, de pedazos de trivia. Un catálogo de respuestas de Maratón.
Mi mujer a veces se enoja (jugando) del hecho de que gracias a mí ha aprendido cosas que ella no tiene por qué andar sabiendo. Saber qué es el baile de abanicos de la teniente Uhura, por ejemplo, no es algo que le vaya a servir en la vida. Pero por escucharme o compartir cosas conmigo, estos datos inútiles se le han pegado y ahora no puede desaprenderlos. Le gustaría tener su cerebro tan limpio y ordenado como el resto de sus asuntos, eliminando lo que no sirve y dejando sólo lo importante. Pero no. Así tiene muchos mp3s míos atorados en su disco duro, afuera de todas sus ordenadas carpetitas.
En mi cabeza, en cambio, lo que veo no es desorden sino... agujeros. Como una manta hecha girones, con la que te puedes tapar pero igual no te protege del frío. Caótico conocimiento incompleto. Y al mismo tiempo, soy un poco como mi esposa: mi tiradero no puede ser de otra manera porque no tengo el interés o la paciencia para hacerme experto en cada tema. Sería como bajar todo el disco, para que se vea completo el asunto, cuando en realidad sólo me gustan dos canciones. El aburrido resto nada más estaría haciendo bulto.
Pedro Arizpe, 31/05/08


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