Hubo una época en la que podía jactarme de tener una memoria prodigiosa. Cuando tenía alrededor de 12 años, mi mente funcionaba como una esponja que absorbía y retenía toda la información que me pasara enfrente, por insignificante que fuera. Cuando hablo de esto, a veces me entra la duda de si en realidad no exagero sobre esta habilidad temprana, pero de inmediato recuerdo un claro ejemplo del poder mutante del que gozaba en ese entonces: todas las tardes iba a jugar a la casa de mis primos, y a menudo mi tía solía preguntarme qué películas iban a pasar en la tele. Como yo todas las mañanas leía el periódico, de inmediato le listaba todas las películas que iban a pasar en los canales 12, 6 y 7, con todo y los sumarios correspondientes que Justo Elorduy escribía para ellas en El Norte.Todavía tengo muy buena memoria cuando me conviene, especialmente para trivia irrelevante, pero en algún momento las cosas cambiaron y mi memoria dejó de ser algo especial. Probablemente me volví menos atento, más selectivo con las cosas que podía o deseaba retener: ya no todo entra y se queda con tanta facilidad. Lo que más me aflige, sin embargo, es un rasgo común en todos los hombres de mi familia, que es el de no mantener los pendientes importantes a pleno alcance en la memoria. Esto es, no olvido las cosas, sino que a menudo mi atención las sepulta a favor de algo más inmediato (no necesariamente más importante), usualmente con resultados hilarantes o nefastos, dependiendo de a quién le preguntes y cuánto daño resulte de mi "olvido". El síndrome del Profesor Distraído, le llamo, porque nos pasa que estamos tan sumidos en nuestro mundo que descuidamos los detalles más elementales de la vida cotidiana.
Las cosas que se quedan ahí, sin embargo, se quedan ahí, y a veces se me aparecen sin que las busque. La mayoría son como "Puntos de Restauración del Sistema", en el sentido en el que sé que conservo esos recuerdos porque concentran un sentimiento de bienestar, de un tiempo sin preocupaciones: correr descalzo a la Miscelánea de la vuelta para comprar calcomanías de Pique en 1986; ver la caricatura El Mago de Oz sentado en el suelo recién trapeado, comiendo Conchitas Encanto; una escena cálida de estar sentado en la cocina una tarde de invierno, viendo a mi mamá preparar la cena. En todos estos recuerdos estoy libre de las preocupaciones que me acosaban de niño (la escuela, más que nada) y siempre conjuran el cada vez más escaso sentimiento de "todo está bien" del que aparentemente gocé varias veces durante mi niñez.
Un día, tras una jornada particularmente agotadora de secundaria, me senté en la cama. En una mano sostenía una Mirinda de manzana y en la otra una bolsa de Churrumais. Observé el patio a través de la reja de mosquitero frente a mi, y pensé: "recordaré este momento por siempre". No tenía nada de especial: sólo me lo propuse, y es fecha que todos los detalles de ese momento los puedo ver vívidamente en este momento.
Más que las cosas que sí recuerdo, sin embargo, lo que me ha tenido reflexionando últimamente y por lo que me decidí a escribir sobre la memoria, son las cosas que no recuerdo. No todas ellas, sino algunas que debería recordar. En particular, me gustaría recordar lo que sentí la primera vez que aprendí el significado de algunas palabras, las que debieron haberme hecho decir "¿existe algo así en este mundo?". La primera vez que me enteré de lo que era la homosexualidad, una violación o incluso la muerte. Suena grosero juntar a los gays con la muerte, pero me refiero a cosas que debieron entrar en conflicto con mi concepción del mundo, con el orden "normal" de las cosas hasta ese momento. Siento que debería recordar el choque, las chispas al intentar procesar esta información o simplemente el miedo: a lo desconocido, a la maldad a la que la gente podía llegar al descubrir palabras como "estupro".
Conforme me fui haciendo de criterio y expandí mi conocimiento de cómo funciona el mundo, este tipo de situaciones pronto se evaporaron, y probablemente la última vez que me topé con algo así fue hace unos buenos quince años. La cantidad de información disponible que existe actualmente sobre... todo, la verdad, evita que la imaginación vuele y aclara cualquier duda en un instante. Como cuando me pasaron por pimera vez Guinea Pig II, su impacto como cinta snuff no me tocó al saber de antemano que era una ilusión. Me tocó presenciar, sin embargo, este conflicto en algunas personas cuando descubrieron la página de los Bonsai Kitten: una desgarradora respuesta emocional de incredulidad y desamparo al pensar que algo así podía existir, tan campante, en el mismo mundo que ellos todo este tiempo, sin su conocimiento.
Yo pensaría que se trata de un sentimiento tan devastador, que lo cimbra a uno hasta la raíz, que debería poder recordarlo, pero en muchos casos es como si hubiera nacido sabiendo sobre todo eso. Quizá es como debe ser, que el cerebro por sí mismo borre estas experiencias para no dejar que afecte al descubrimiento mismo. O quizá en realidad no es tan impactante como yo sospecho.
No creo que vaya a poder volver a sentir algo así... y realmente no intento recuperar este sentimiento. Lo único que resultaría de una petición así sería, predeciblemente, formas de pornografía progresivamente más viles. Quizá el encuentro de otro mundo, el descubrimiento de nuevas posibilidades como seres humanos, un cambio así de cósmico que rete mis concepciones del mundo podría lograrlo, pero sería distinto: ya estoy preparado para cuestionar hasta la ilusión más convincente y para aceptar la realidad más descabellada. Toda esta discusión sobre la memoria creo que en realidad nace de la búsqueda de la inocencia, no tanto por preservarla, sino de presenciar el momento en el que se rompe. En cuanto comienza a resquebrajarse, no podemos sino perderla cada vez más: es imposible regresar a un estado anterior de pureza, o como dicen en 4chan, "we can't unsee it". Debería tener al menos el recuerdo de experimentar la pérdida, pero no es así.
Podré presenciarlo en mis hijos, supongo. Para ese entonces, sin embargo, estoy seguro que desearé lo contrario.
Pedro Arizpe, 30/11/07


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