Me puse a pensar, después de lo que escribí sobre las ideas, sobre la creación de cosas nuevas y diferentes, y la línea de pensamiento comenzó a irse por otros caminos. Pensé que, aunque me dolería que alguien me robara una idea, porque ya sea que por ingenuo o por idiota no la hubiera protegido, no sería el fin del mundo: usualmente la creatividad no aparece una vez en la vida de una persona para no regresar jamás. Recuerdo a Ralph Baer y la exorbitante cantidad de inventos que tiene, y me digo que quien sólo puede ufanarse de una sola buena idea en la vida no merece haberse beneficiado de ella en un principio. Una mente creativa no se seca al producir su primer fruto. Las leyes de protección de derechos de autor, aunque no lo parezca, se basan en este principio.

Los derechos de autor están diseñados para promover la creación constante de ideas e inventos. Su protección permite que el creador y sus sucesores inmediatos puedan beneficiarse de su creación, pero después de eso pasa a manos del dominio público, donde todos pueden beneficiarse de su reproducción e intercambio. Esto impide que los sucesores vivan indefinidamente de la idea de su tataratatatatatarabuelo: los obliga a convertirse en miembros productivos de la sociedad.
Hace tiempo hubo un gran escándalo, con justa razón, porque Disney intentó alargar la vigencia de los derechos de autor para que su propiedad intelectual no cayera en el dominio público. Su argumento básico era que una vez que estuvieran fuera de sus manos, nos veríamos inundados de pornografía legal de Pluto y Goofy. Una estupidez así. La razón verdadera debe ser transparente para cualquiera: Disney está sentada en una mina de oro que puede explotar sin preocuparse de tener que crear contenido nuevo y de valor. Por eso tenemos cosas ilógicas como Lion King 3 y Cinderella 2.

Pero no es sólo Disney... entre otras nocivas tendencias globales que han surgido con el nuevo milenio, una que se ha reforzado es la de “crea fama y échate a dormir”. La época de grandes innovaciones y experimentación se dio en los setenta y ochenta, y conforme las industrias que estos éxitos fundaron se fueron haciendo más grandes y ambiciosas, su producción se ha limitado a un obsceno refriteo, nacido de un pánico a las pérdidas que propuestas no probadas pudieran provocar. Se puede ver en todas las facetas del mundo del entretenimiento: en últimas fechas se ha vuelto nauseabunda la incesante dependencia de viejas glorias para excusar la existencia de “nuevos” productos: secuelas, covers, remakes, recopilaciones, reencuentros, o simplemente el ilusorio paquete nostálgico con el que se desea revender algo ya existente. No hay gota de originalidad en estas propuestas, cuyo único atractivo es el de aprovechar el pre-conocimiento y aceptación que una marca tuvo entre los consumidores hace siglos.
Desde la nueva película de los Transformers hasta Mirada de Mujer 2, la decisión es clara y lógica desde un punto de vista monetario. Calidad y originalidad son lujos que no generan tantos ingresos como éxitos comprobados... sin tomar en cuenta que las obras refriteadas en su momento fueron grandes por el riesgo y trabajo duro que había detrás de su creación.
Pero no es sólo la gente que intenta reempaquetar lo viejo como nuevo lo que me molesta. Parte del problema es la afinidad que la mayoría de las personas tienen a que alguien les masajee una parte del cerebro que habían tenido dormida por años. Recuerdo que una de las prácticas más frecuentes entre gente que mantienen blogs y estaban desesperados por visitas o comentarios era usar la plantilla básica de “hey, ¿se acuerdan de X show que pasaban en el canal Z todos los días allá por los ochenta y que veíamos al salir de la primaria?”. Posts como éstos garantizaban visitas instantáneas de contemporáneos que no podían aguantarse las ganas de confirmar que también tenían ojos y televisión en aquel entonces. Sí, incluso yo lo llegué a hacer.

La nostalgia es una toxina engañosa. Nos apega a cosas cuyo valor usualmente reside sólo en que pertenecieron a nuestro pasado, y ya. No es raro reencontrarnos con estos viejos programas y canciones y, una vez que acaban de desvanecerse las imágenes de nuestra infancia que éstos evocan, bien puedes descubrir que aquella pieza que buscaste con tanto afán es, viéndola bien, un asco. Recuerdo que en mi infancia yo seguía con pasión Robotech, pero el año pasado que los quise ver, emocionado al enterarme que lo pasaban en el canal Retro, no pude aguantar un episodio completo. Que me perdonen mis contemporáneos.
Por eso me muestro receloso ante la nostalgia: porque la calidad usualmente no entra en la ecuación, sino que nos dejamos llevar por el tinte placentero que los recuerdos le otorgan a todo lo que tocan. Desafortunadamente, es un atractivo común que hoy como nunca se explota comercialmente: apelar a la nostalgia + no tener que gastar tiempo, dinero o esfuerzo en nuevas propuestas= dinero fácil.
Siempre he pensado que, de crear yo una obra exitosa, con mucha renuencia haría una segunda parte: preferiría dedicar mi esfuerzo siempre a crear algo nuevo. Lo nuevo asusta a más de uno, tanto en el campo de la producción como en el de consumo, porque hay comodidad y confianza en lo que conocido. Pero la carrera creativa humana se ha estancado, fascinada como está por esta relación incestuosa con el pasado, de tal manera que incluso grandes segundas partes o nuevas versiones de clásicos me saben amargas al pensar que tal calidad debió invertirse en la creación de nuevos clásicos. Esta puede ser la generación que no deje ningún legado, pero peor que ser recordada como aquella que no tuvo nada por qué ser recordada, es que el avance en el arte y entretenimiento ha comenzado a frenarse: el impetu por "más, nuevo y mejor" se ha perdido en favor a recurrir a la comodidad de nuestros recuerdos, por pensar como si todo se hubiera inventado ya.

La niñera pirata. Descerebrada y paupérrima copia al carbón de un programa por demás insulso y sin vigencia. Le da un nuevo y verídico sentido a la frase "Hecho en México"
Pedro Arizpe, 30/09/07


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