
Mientras celebra su primer triunfo como dramaturgo, el joven Richard Collier (Reeve) es abordado a media fiesta por una anciana, quien le entrega un reloj de bolsillo y le dice “Regresa a mi”, para después marcharse sin decir más, dejándolo en un estado de confusión. Ocho años después, ya un autor exitoso y establecido, Richard decide alojarse en el Gran Hotel de la Isla Mackinac, casi por capricho, mientras conducía su auto hacia ninguna parte. Evitando seguir trabajando en su siguiente obra, y sin saber realmente cómo pasar el tiempo, Richard comienza a merodear por el hotel hasta que se topa con el retrato de una bella mujer, objeto que tiene un profundo impacto en él. Se trata del retrato de la actriz Elise McKenna, tomado en 1910 cuando ella y su compañía teatral se presentaron en las cercanías del hotel.
Obsesionado, sin poder pensar en nada más, comienza a investigar más sobre ella, hasta dar con dos descubrimientos sorprendentes: al encontrar la última fotografía que se tomó de Elise, reconoce a la mujer que le dio el reloj ocho años antes, y que falleció exactamente aquella misma noche. Movido por algo más fuerte que la razón, comprendiendo las palabras que en aquél entonces no habían tenido sentido, comienza a buscar la manera de regresar en el tiempo para encontrarse con la joven que le ha robado el corazón.

Insólitamente, logra retroceder en el tiempo, gracias a una variedad extrema de hipnosis que un viejo profesor de la universidad le comparte. El truco, según, reside en lograr el trance en un entorno carente de objetos que puedan recordarle el presente. Se consigue ropa y dinero de la época, y tras mucho esfuerzo, Richard logra despertar en la misma habitación pero sesenta años antes, justo en la fecha en la que Elise se hospedó en el hotel.
Mientras que hasta este punto la película logra comunicar la emoción con la que Richard queda fascinado con la imagen de Elise, la manera en la que propone el viaje en el tiempo es manejada con poca elegancia, y poco falta para que el profesor que explica su teorí del viaje en el tiempo guiñara el ojo a la cámara y dijera “ustedes sigan la corriente”. No he leído la novela, pero la narrativa de Matheson y la ciencia ficción suave en general no me son extraños, y con suficiente poesía metafísica es creíble la idea de que la conciencia viaje en el tiempo sin ayuda de máquinas. Sin embargo, la película no tiene el tiempo o las herramientas suficientes como para trabajar la credibilidad del viaje en el tiempo en sí, y ese elemento se siente como un gigante encoger de hombros. Esa fue la primera vez que pensé algo que se me volvería a ocurrir en varias ocasiones: “probablemente el libro maneja esto mucho mejor”.
Tras la incómoda propuesta, Richard despierta en 1910 y la película levanta, presentándolo como pez fuera del agua pese a todas sus precauciones. De manera interesante, aún después de que él llega al pasado corre bastante tiempo antes de que Elise aparezca finalmente en escena... y con toda razón. Cuando después de muchos rodeos e intentos infructuosos logra encontrarla caminando a la orilla del lago, la película regala una escena maravillosa. El gran tema de la película, compuesto por John Barry, aparece por primera vez, y el seguimiento de la cámara a Richard, que se acerca escondido detrás de unos árboles mientras a lo lejos se vislumbra la silueta de Elise es emocionante y conmovedora: el corazón comienza a acelerarse ante la promesa del momento por tanto tiempo esperado, el encuentro entre Richard y Elise, pese a que en ese primer encuentro se encuentren en la bizarra situación donde él sabe todo sobre ella y para Elise él es todo un extraño.
Ahora bien: yo siempre he tenido un problema con las películas románticas, o cualquier elemento romántico en una película, porque son raras las veces en las que encuentro convincente el enamoramiento de la pareja. Sí, dos horas son poco para capturar todo el proceso a fuego lento que es el amor, pero usualmente se trata de un torpe tratamiento del estilo “pasan peléandose media película y después descubren que no pueden vivir el uno sin el otro”. A veces un montaje es lo más a lo que alcanzar a ofrecer para explicar el gradual acercamiento entre los dos, y desafortunadamente Somewhere in time no es la excepción. De nuevo, el efecto que produce es el de que la película dice “ella se ha enamorado de él, confía en mi”. Brusco, insatisfactorio, pero es una pastilla que te tragas. En ese momento, cuando sin explicaciones suficientes Elise comienza a tomar una actitud diferente con Richard, volví a pensar que el libro probablemente tuvo el lujo de explicar de manera más convincente la conquista de la actriz.

Debo admitir, sin embargo, que algo tiene la historia y el elenco que contribuye a la aceptación del romance, o al menos eso fue lo que yo experimenté. Tardé tiempo en reconocer a la doctora Quinn como Elise, porque en 1980 tenía todavía rasgos delicados y unos ojos que podían causar fascinación, mucho antes de que se convirtiera en el arquetipo de mujer curtida por el campo. Christopher Reeve aporta a lo mucho un entusiasmo e ingenuidad a su personaje, pero en realidad su función es la del vehículo para que el espectador haga ese largo viaje a través de sus ojos. Una de las experiencias más excepcionales que conlleva el estar enamorado es la de insertarse en cada película romántica y reemplazar a los protagonistas con sí mismo y su persona especial, y es en esa situación donde Somewhere in time resuena con bríos: la idea de pelear contra la muerte y el tiempo para poder pasar sólo unos días con la mujer de tu vida, de retar a lo imposible por estar al lado de quien hace cantar a tu corazón, es una que puede que se pierda con algunos espectadores. No conmigo, sin embargo.
Las pocas historias de amor que lidian con el viaje en el tiempo llevan consigo una inseparable carga trágica, tan sólo por la certidumbre de que la felicidad se encuentra siempre subordinada a situaciones extraordinarias, increíbles.
La reunión de los amantes está marcada por el sacrificio, como el hecho de que Elise tuviera que esperar más de medio siglo para encontrar a Richard, o como lo muestra la resolución agridulce de la cinta. Somewhere in time tiene fuertes huecos en su factura, baches que distraen de lo que de otra manera es una experiencia extraordinaria: la historia de dos personas que tienen que recorrer largos y terribles caminos para pasar unas cuantas horas juntos.
Pedro Arizpe, 09/08/07


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