Yo pensé que la cuestión de niños drogadictos en las escuelas era problema local, pero una semana después veo que la controversia por el antidoping es asunto nacional. Acá los periódicos ya dejaron el tema en otras manos y ahora tienen otro de moda: la tipificación del graffitti como delito penal.
Rápidos como son para cuestionar cualquier movimiento del gobierno, las críticas se enfocan a la gravedad de la pena, que se compara con la del estupro y violencia familiar y es superior a la de peculado, y a que se reprime la libertad de expresión de los jóvenes. La edición del domingo de Milenio dedicó sus titulares de locales a “la controversia”.
Criminalizan a grafiteros y no aportan soluciones
Autoridades no saben enfrentar el problema
Cuestionan jóvenes que no los consultaran para la modificación
El delito se llama graffiti
De particular agravio me resultan algunos comentarios, de los que siempre se pueden encontrar al final, casi al margen:
“Los jóvenes recurren al graffiti por carencia de espacios sociales y culturales y es una conducta que significa atrevimiento y rebeldía. Al reproducir códigos cifrados, situación que causa molestia a la gente, se considera que sus obras son sólo garabatos.”
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“Con la modificación al artículo 402 bis1 en el Código Penal, los grafiteros serán procesados por dañar la propiedad privada, en caso de ser mayores de edad se les encerrará en el penal del Topo Chico.
La cosa no para ahí, pues aquellos que incurren en estupro y el mismo Código Penal no le permite estar más de cinco años preso, o aquel que cometa violencia familiar y pase hasta cuatro años tras las rejas.”

La "molestia" no proviene de un choque entre apreciaciones artísticas. La molestia, no, la bendita furia y frustración que viene de descubrir la pinta en propiedad privada es comparable a la del robo porque descubre la fragilidad de los mecanismos que aseguran el patrimonio personal.
Hombres y mujeres dedican tiempo y esfuerzo para proveerse de bienes que mejoren su vida. En esta provisión se admite un sentido de propiedad: a cambio de mi esfuerzo, que se traduce en moneda de cambio, tal cosa me pertenece. Es mío para hacer, deshacer, modificar, vender e intercambiar. Nadie puede impedirme hacer lo que yo guste con algo que yo poseo, de la misma manera en la que nadie puede tocarlo, modificarlo, reproducirlo, sin mi consentimiento.
Es algo que se da por sentado, ¿no? Es, sin embargo, algo ilusorio. Es una creencia que depende de que nuestro prójimo esté consciente y acepte un contrato social que dicta respeto mutuo voluntario para no caer en la anarquía. Hay, desde luego, mecanismos legales que defienden nuestro derecho a la propiedad. Sin embargo, a veces es con brutalidad que nos damos cuenta que el título de propiedad no viene acompañado con un campo de fuerza invisible que le quema las manos a quien intente meterse con nuestras cosas.
Llego a mi casa y en una situación hipotética noto dos cosas: que la ventana está rota y que no está mi televisión de 13 pulgadas que tengo sobre el refrigerador. ¿Qué es lo que causa la ola de emociones que le siguen a este descubrimiento? ¿El saber que por un par de semanas no voy a poder ver Los Simpsons en blanco y negro mientras preparo la cena? Naah... se pudieron haber llevado un lápiz o un reproductor de dvds; lo que me va a doler y atormentar en las noches siguientes no es que ya no voy a poder gozar de estas comodidades, sino el hecho de que alguien tuvo los huevos de no respetar mi título de propiedad. Puedo poner perros, bardas y alarmas, y mis cosas estarán más seguras, pero eso no quita el hecho de que allá afuera hay gente que, ante mi imponente declaración de “Esto es mío”, se encojen de hombros y dicen “no me importa”.
No es posible que exista gente que crea que el problema con los graffiteros sea uno de ruido visual. Cuando veo una pared blanca con una inmensa pinta lo primero que pienso no es “hubieran pintado mejor una puesta de sol”, sino en la mañana fatídica en la que la mamá salió a llevar a sus niños a la escuela y mientras sacudía su llavero frente a su coche pudo ver algo en el vidrio que le tumbó el corazón hasta el suelo.
Aseguran que es una expresión artística y de rebeldía. ¿Rebeldía contra quien? ¿Cómo puede llamársele rebelión al equivalente de golpear personas en la oscuridad (sí, en su mente, quizá "un crimen sin víctimas")? Y ante la queja de que no existen espacios... ¿qué tanto cuesta comprarse una libreta Scribe y una pluma Bic amarilla? La última vez que revisé, eso bastaba perfectamente para el mínimo de expresión artística.
Es decir, son falacias. Quisiera creerle al graffitero entrevistado que asegura que sólo pintan paredes que nadie ve, por donde nadie circula, pero la mera intención de las pintas da al traste con estas fantasías. El graffitti tiene como fin dejar una marca personal a la vista de todos, sumándole la emoción de la actividad prohibida. Pero no está prohibida por “ser mala onda con los chavos”, sino porque se están metiendo con la integridad de la posesión de alguien más. Y sí, la pared está a la vista de todos, pero sólo a una persona corresponde decidir lo que suceda con ella. No puedo creer que tenga que estar escribiendo esto.
Más increíble me resulta que sea hasta ahora que se reconozca la actividad como afrenta al contrato social: que no se les haya enfrentado antes a la responsabilidad de que, quien rompe el pacto, niega su derecho a ser protegido por el mismo. Todos esos otros delitos, el peculado, la violencia familiar, el estupro, tienen en mayor o menor medida el mismo elemento común con el graffiti: la disposición de bienes que no les corresponden sin el consentimiento de sus propietarios.
Las únicas veces que me han impresionado los graffiteros ha sido cuando en algún anuncio panorámico (que las más de las veces son ruido visual por derecho propio) veo que alguien logró colocar una pinta, sobre una modelo de Movistar, a más de 20 metros de altura. La pinta es lo de menos: el esfuerzo y temeridad de quien arriesgó la vida por dejar su marca no es distinta de quien coloca una bandera en la cima de una montaña. No tiene valor por sí misma la bandera como representante del individuo, sino como sacrificio que tal empresa debió tomarle. Pero no tienen que hacerla de Hombre Mosca: ¿Quieren darse a notar? Desarrollen una habilidad, exploten un talento del que todo mundo pueda beneficiarse. De otra manera simplemente son animales que se cagan en el piso limpio, y merecen que se les trate como tales.
Pedro Arizpe, 09/07/07


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