
Estos últimos días no han sido del todo buenos: un efecto secundario de esta vida nocturna, que creía superado hace muchos años, ha regresado con inexplicable fuerza. Cuando comencé a trabajar de noche, nunca fue un problema mantenerme despierto hasta altas horas de la madrugada: de hecho, sólo me estaba desvelando un par de horas más que lo normal en aquella época. No, lo primero que me golpeó fue una tremenda crisis psicológica al haber tenido, hasta ese momento, bien definidos mis "principios y finales". Por ejemplo, cuando estaba más chico solía pensar que el día había alcanzado su desenlace al salir de la escuela: la productividad llenaba su cuota en la última clase y todo el tiempo que restaba después de eso era simplemente para matarlo en lo que llegaba la hora de dormir. Y la hora de dormir, con la que a veces me peleaba como cualquier adolescente, era el telón (a veces tardío) que me hacía sentir que el capítulo había terminado: cerrar el libro, y a empezar mañana con el siguiente.
Cuando comencé a trabajar en la noches, sin embargo, estos confines desaparecieron y me quedé en un estado de limbo donde los días parecían nunca terminarse, porque no había nada que definiera su final. Pese a que la usaba para dormir, cometí el error de seguir considerando la mañana como tiempo útil, como un periodo aún aprovechable, así que el efecto mental resultante de salir cada mañana de la oficina era: "acabo de terminar la jornada laboral --y el día apenas comienza". Dormir en las mañanas no se sentía como el punto final que me permitía dejar atrás los eventos del día anterior, sino un mal necesario que me permitía no morir de agotamiento. Como tal, mentalmente sentía que estaba viviendo un día eterno, interrumpido por pausas en las que me encontraba inconsciente.
Huelga decir, me tuve que ajustar, y con ello decirle adiós a la mañana. No fue un adiós definitivo: como mencioné, tengo la libertad de dormir a cualquier hora del dia y aprovechar las primeras horas siempre y cuando cumpla con mi reposo antes de ir a trabajar. Pero en términos prácticos, tuve que minimizar la importancia de las mañanas, visualizarlas tan inútiles como para la mayoría de la gente lo son las noches, y reírme de cuando en los noticiarios me dicen que voy a llegar tarde al trabajo cuando ya estoy bajo las sábanas. El hecho de que Sara eventualmente compartiera el mismo estilo de vida fue una tremenda ayuda: con que pudiera pasar con ella mis horas activas, ya no necesitba de nadie más. La mañana es tiempo muerto, perfecto para recuperar las energías y empezar con bríos el atardecer: esa fue la realidad de la que tuve que convencerme.
En este último par de semanas, sin embargo, mi percepción a este respecto se ha atrofiado de alguna manera. He tenido un extraño sentimiento de inconclusividad, en el que el periodo que duermo es, de nueva cuenta, un parpadeo entre las siete de la mañana y las tres de la tarde; un fotograma de cine mudo que dice SCENE MISSING entre la madrugada y la tarde del día. Físicamente no me afecta gran cosa: es en mi mente donde están comenzando a aparecer los estragos. El proceso común de sueño ve al cerebro colapsándose gradualmente, como quien apaga todas las luces antes de cerrar el edificio. Y al despertar, existe un breve periodo de estupidez en el que se van reanimando todas estas partes del cerebro con resultados variables (como en el humorístico caso en donde el razonamiento está despierto pero no la coordinación boca-cerebro, lo que lleva a que la gente se enoje cuando no entienden sus balbuceos matutinos). Estos días ese proceso ha estado ausente: me quedo dormido a mitad de complejos pensamientos, para horas después despertar en absoluto estado de alerta. Más que el reboot normal, me estoy quedando en standby, y como cualquier aparato que se quede prendido todo el tiempo, esto no puede ser bueno para mi cerebro.
Puede ser que desde que cambió mi posición en el trabajo cambiaron mis horas, lo que me enfrenta mucho más rápido al amanecer que antes; puede que sea la recámara de mi nueva casa, que se le mete luz por todos lados y me hace más dificil abandonarme al sueño (mis peculiaridades a la hora de dormir, y el bizarro diseño de la casa son posts enteros por si mismos); puede ser la llegada de Zeldita, y el doloroso conocimiento de que ella tiene que arreglárselas sola mientras nosotros dormimos; puede ser el hecho de que a últimas fechas he dejado de regirme y acomodar mi día por los horarios del cable, como solía hacerlo hace un año, porque casi todos mis programas de TV los bajo ya; puede ser que me he vuelto menos productivo fuera del trabajo, y al no hacer nada de provecho no hay nada que me haga cuantificar y marcar el paso de los días; puede ser que he perdido una rutina que había tenido por dos años, que era sencilla y básicamente repartía mis horas frente a la televisión, pero al menos era una especie de lista que palomear, que actualmente ya no poseo.
Me gusta trabajar en la noche, de verdad que sí. Cualquier pérdida de interacción con mi prójimo no se compara con el beneficio de, no se, ir al cine a las tres de la tarde, si amaneciera con ese antojo. Pero esta sensación de "al rato le sigo" que ha reemplazado al "adiós mundo" me confunde, me enoja, porque quiere decir que algo ha cambiado. Sólo comencé a reflexionar seriamente sobre esto hace un par de días, y no he empezado todavía a confrontar todas las razones que mencioné, por lo que estoy seguro de que daré con la culpable y a más tardar la semana próxima ya volveré a repartir correctamente los capítulos. Así que no me preocupo mucho. Pero como quien sólo aprecia su salud cuando está enfermo, es en momentos como este en los que las sutilezas de algo tan automático y rutinario como el sueño se hacen evidentes: que no basta con cerrar los ojos, sino que es imperativo un sentido del fin para no perder del todo la cordura.
Pedro Arizpe, 17/05/07


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