Visitamos la International House of Pancakes, versión Monterrey, en busca de hash browns y sausages links, tan raras avis aquí que ni nombre en español tienen. Al llegar y levantar la vista para tener el cuadro completo, recordé lo que me dijo Sara sobre el HEB mexicano en comparación con el norteamericano: viendo al primero uno nunca sospecharía que el segundo es el Azcúnaga de Estados Unidos. Era como si los de por si excesivos Burger King hubieran mutado, como Tetsuo al final de Akira. Un monumento monstruosamente fresa. Desde luego, pese a ser las cuatro de la tarde, íbamos a desayunar. El lugar me hizo desear haberme bañado, en lugar de simplemente salir de la cama y montarme al auto con ganas de comer huevos y hot cakes. Era una idea ridícula, bañarse específicamente para desayunar, pero ahí lo tienen: Ihop Monterrey, con sus curvas a lo Frank Ghery y su ambiente post-Sanborns plástico nuclear, puede llegar a intimidar.Starbucks e Ihop llegan casi al mismo tiempo a la ciudad y me toca escuchar comentarios sarcásticos sobre Monterrey acogiendo con los brazos abiertos el estilo de vida gringo, al mismo tiempo que estas mismas personas pagan por su café "venti" creyendo que lo hacen como un gesto irónico, autoconsciente. Digo, huevos y café hay en mi casa: debía ir a Ihop porque esas salchichas son un total misterio. No haya nada de malo con el Ihop original, del tamaño fonda, donde a media luz puedes comer tu peso en hot cakes: están solos tú y tu necesidad de comer, y quizá un amigo o dos. Masticando los links y recordando la alarma que su sabor levemente mentolado me había provocado la primera vez, no podía evitar preguntarme a qué le tiraban al establecer la franquicia aquí de manera tan barroca. El lugar estaba vacío, y el menú era inmenso: tuve que preguntar si todavía era posible disfrutar del desayuno a las cuatro de la tarde. La lógica dictaba que sí, y el mesero me aseguró que todo en el menú se sirve a toda hora, pero igual: el lugar manda toda clase de señales mezcladas. Mi primera impresión era que se trataba de un lugar inclusivo, pero eso hubiera sonado demasiado amable. Más que eso, es un lugar absolutamente desesperado por no alienar a posibles clientes. Casi avergonzado de que su mayor fama sean las panquecas, puede verse un afán por recordarle a la gente de que "¡no sólo servimos desayunos!" y que es un lugar lo suficientemente "cool" como para ir a echar el rol después del mediodía.
Me recordó las reacciones de nuestros compañeros de la clase de Desarrollo Emprendedor al presentar nuestro proyecto, una librería que sólo se dedicara a la venta de libros de literatura y lingüística. Nunca olvidaré el grito casi agónico de uno en la primera fila: "¡Pero así van a segmentar su mercado!" El reptil ése mezcló sus conceptos, pues no podría estar más equivocado: segmentar el mercado sería ofrecer productos disímiles, diluyendo los recursos para apoyarlos medianamente a todos. Nosotros estábamos enfocando nuestro mercado (o si se debe ver el vaso medio vacío, limitándolo). La idea de este joven (y la de los demás, por sus comentarios) era que era preferible ofrecer un abanico más amplio de opciones para obtener mayor número de clientes. Nuestra idea era hacer una sóla cosa, y hacerla impecablemente bien. Sabíamos que la idea no nos haría millonarios, pero que sí satisfacería una necesidad muy real, y el objetivo final sería una clientela quizá no muy grande pero sí constante y satisfecha. Todos quedaron horrorizados.
Me frustra, porque Ihop es un concepto fabuloso. Comienza tu día con un desayuno dinamita que te mantenga activo y satisfecho todo el día. La mayoría de los restaurantes realmente no se tratan de la comida; la comida es meramente la excusa para el encuentro social. Después de todo, no hay nada peor visto que alguien comiendo solo en un restaurante. Un desayunadero tiene el único fin de alimentarte, porque nadie quiere o puede salir a ver a nadie a las nueve de la mañana. En Anaheim, después de media hora en el Ihop tenía pila por las siguientes 12 horas, directo hasta la cena: era prácticamente milagroso. Aquí en Monterrey, pese a que fui a disfrutar de exactamente el mismo desayuno, la vibra era la misma que en cualquier otro restaurant: la comida, pese a ser excelente, parecía ser lo de menos.
Por unos minutos fuimos los únicos en el lugar; estaba tan vacío que hasta el gerente estaba en junta con los meseros en una de las primera mesas al entrar. No voy a objetar nada de la comida: estuvo deliciosa. Como se tardaron en darnos los hot cakes, acabamos recibiendo casi el doble, y yo estaba feliz. Me dio algo glorioso que hacer mientras viboreaba el lugar. Viendo el área de juegos y el área de espera, me preguntaba qué tipo de clientes acabarían capturando, si es que. Cerca de las seis de la tarde, un sector demográfico que no había considerado comenzó a poblar el lugar. Como Hell's Angles llegando en sus Harleys al bar Edge, ancianas en BMWs aterrizaron para encontrarse con sus igualmente ancianas amigas en la hora de la merienda. Casi tan anacrónicas como el que sólo va porque quiere disfrutar de un rico desayuno, no había nada en el restaurante que indicara que había sido diseñado con ellas en mente. Probablemente terminen siendo su clientela más asidua.
Es un mundo difícil para nosotros, los que encontramos placer en la actividad en sí, cuando en estos lugares se le da mayor importancia al elemento social. Me arruinó el cine, me alejó de los conciertos y ahora me quiere quitar el desayuno. Ihop Monterrey es un fabuloso lugar para ir a comer un sabroso desayuno (y aunque pienses que ya cuentas con sabrosos desayunos en tu casa por menos, valga enfatizar el hecho universal que pese a ser la comida más importante del día, es a la que menos se le pone atención), pero todas esas distracciones, todo ese espacio y opciones, todo ese querer ser más de lo que debe ser, resaltan como los apéndices que son: inútiles, innecesarios y ridículos.
Pedro Arizpe, 18/02/07


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