Desde el viernes 5 de enero, soy oficialmente un licenciado en Letras Españolas (o Licenciado en Literatura, para los taxistas). Pese a haber acabado todas mis clases años atrás, sólo hasta diciembre comencé los trámites finales para sacar mi título, y la semana pasada finalmente fui a recogerlo.
Conseguí trabajo poco después de entrar a la carrera, por lo que los siguientes años tuve que hacer algunos malabares para poder cumplir con todo lo académico, trabajar toda la noche y acomodar por ahí espacio para mi novia, los juegos y el sueño. La mayor parte del tiempo todo estaba bajo control, y aún cuando las condiciones se ponían extremas, siempre pude contar con que trabajo mejor bajo presión. Al servicio social, sin embargo, jamás pude meterlo en el apretado horario, por lo que le le fui dando largas... No sólo era la falta de tiempo, la verdad, sino que conociéndome y sabiendo lo que tendría que hacer, temía un poco el prospecto. Después de haber cumplido con él, pese a que fueron experiencias muy hermosas, también fueron emocionalmente desgastantes; mis temores nunca fueron infundados.
En fin, que después de terminadas las clases todavía aplacé mi servicio por un semestre, y luego apreté los dientes y pasé un año apoyando causas nobles. Una vez tragada la amarga pastilla, sabiendo que lo peor había pasado, me tomé mi tiempo para ya atar los últimos cabos sueltos y pagar para que me dieran mi título. Y ahora, creo que dos años después de haber tomado mi última clase, ya tengo el papelito oficial.
Hubo un tiempo en el que llegué a pensar que andaría como alguna vez le leí a Jorge Ibargüengoitia: con la educación universitaria terminada, pero con el título juntando polvo en rectoría. Aunque me parecía de lo más apetecible ya no volver a lidiar con el Tec nunca más, tenía dos muy fuertes razones para terminar limpiamente con ese pendientote.
1. Tenía que hacerlo por mi papá. Mi padre se sacrificó mucho por tenernos a mi hermanos y a mí en el Tec; todavía más por el hecho de que estaba desembolsando fuertes cantidades para que yo estudiara una carrera relativamente "frivola". Y aún así, él jamás objetó mi elección y siempre me apoyó. Pese a que a finales de la carrera ya me había resignado a que nunca obtendría lo que yo esperaba de ella en un principio, aproveché el campus para alimentar mi otros intereses, como el cine y el periodismo. Pondiéndole punto final a la odisea quería agradecerle y demostrarle que todo su sacrificio no había sido en balde.
2. Las pesadillas. Oh Dios mío, las pesadillas. Todos estos años desde que acabé la carrera no pasaban dos semanas sin que tuviera el mismo sueño, o una variación de éste: pese a que yo creía que ya había terminado mis clases, descubría que en realidad nunca había asistido a una clase y ya iba a terminar el semestre, o que en realidad me faltaba todo un semestre de clases, o algo similar. Aún después de terminado el servicio social, los sueños tomaron una fuerza bestial, donde yo mismo en el sueño trataba de recordarme que ya no me hacía falta nada, y el sueño con energías renovadas me presentaba pruebas de que había habido un error y todavía le debía algo a la escuela. Era como esa escena en Top Secret:
Obviamente, no asistí a la graduación. De hecho hubiera estado bien raro, porque hubiera tenido que graduarme con chavos que ni conozco. Mi generación se componía de tres pelados, otras dos chicas y yo (y creo que una de ellas se salió), y entre eso y mi horario hiperirregular, perdí el dato de cuando debería de haber asistido a mi ceremonia. ¡Pero eso sí, tengo mi foto de graduación!
TRIVIA
1. Sólo hay tres alumnos en esta foto, dos de ellos somos Sara y yo, y ni siquiera nos tocaba graduarnos en ese entonces. El compañero que sí se graduó siempre nos agradeció que no tuvo que salir solo en la foto (dos compañeras suyas, que también se graduaban, por alguna razón nunca aparecieron).
2. Al tomar nuestro lugar en espera de que los alumnos de otra carrera se tomaran la foto, el chavo que nos iba a dar la señal de pasar a formarnos me llamó por mi nombre. Volteé a verlo y no lo reconocí. Lo miré como si estuviera a punto de acordarme, pero la verdad es que me parecía una persona completamente desconocida. "¿No sabes quién soy?" me preguntó, algo decepcionado. Tuve que negar con la cabeza. Cuando le iba preguntar de dónde nos conocíamos, ya era el turno de nuestro grupo de tomarnos la foto.
Nunca supe quién era ni de dónde me conocía.
3. Me di cuenta cuenta hasta un mes después que el nombre en la placa de la foto estaba equivocado. No mi nombre, sino el de la carrera. En vez de decir Licenciado en Letras Españolas, decía Licenciado en Lengua Española. Fools!
Lo más curioso: revisando el folleto más reciente de la carrera me entero que ya no se llama Letras Españolas, sino Lengua y Literatura Hispánica. Así que los del estudio no estuvieron del todo errados.
Además de mis dos grandes motivos ya mencionados, debo agradecerle a Sara el que continuamente me estuviera recordando y animando a sacar este asunto del paso. Ella sabe cuánto detesto todo lo que tenga que ver con la escuela y que pensar en eso me deprimía, pero me hubiera hecho más mal que bien si me hubiera seguido la corriente.
No se si me vaya a servir alguna vez, pero al menos ya pude cerrar ese capítulo de mi vida.
Pedro Arizpe, 10/01/07


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