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Este año probablemente he estado despierto a las diez de la mañana al menos una vez cada semana. Es una mala hora para no estar dormido, para los que trabajamos de noche.

El insomnio de hoy, sin embargo, me hizo recordar ciertas mañanas en las que a las diez estaba más que despierto. A las ocho abría los ojos casi con violencia, quedándome quieto por varios segundos mientras recordaba en dónde estaba. Luego me levantaba, me acercaba a la ventana, y asomaba la cabeza entre las cortinas para ver la alberca del hotel, todavía en penumbras. Tomaba un baño muy caliente, y después me sentaba a ver los Teletubbies mientras le tocaba el turno a Sara de disfrutar esa regadera a la que nunca se le acababa el agua caliente.

Las caminatas por South Harbor Boulevard eran el primer punto brillante del día, y las recuerdo, como tantas cosas de ese viaje a las que puedo calificar de la misma manera, como las mañanas más felices de toda mi vida. Paseábamos tomados de la mano, disfrutando cómo el frío de noviembre era aliviado por un glorioso sol, al que durante nuestra estancia jamás se le atravesó una nube de lluvia. Entrábamos al Ihop, o a Denny's, y nos enfrentábamos a la concepción norteamericana del desayuno, que nos permitía funcionar sin problemas hasta las siete u ocho de la noche. Descansados, desayunados y animados por el sol de California, entrábamos al parque... y hasta ahí llega lo que hoy me recordó estar despierto a las diez de la mañana.

Estoy seguro que, en un par de semanas, caminar por la calle en un fría noche de noviembre me recordará por primera vez la noche que regresábamos de nueva cuenta por South Harbor Boulevard, temiendo pulmonía por tener nuestras ropas empapadas después de la casi nocturna subida a Splash Mountain, hasta que nos refugiamos en un cálido restaurante de comida china.

Pero lo que está en medio de esos recuerdos, entre las dos únicas comidas que siempre realizábamos en el bulevar... va a ser imposible que algo me lo recuerde, que otro evento se acerque siquiera a su magnitud. Todo fue tan perfecto, tan nuevo, tan increíblemente mágico, que nada se le puede comparar. Estábamos enamorados, en Disneylandia.

Fueron los días más felices de mi vida.

Pedro Arizpe, 28/10/05



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