
Nos encontró la mañana del viernes 18 de abril. Eran las 8:10 AM: estar despierto a esa hora es prácticamente una desvelada para mis estándares. Apenas me estaba rindiendo ante el sueño cuando comencé a escuchar a lo lejos un gemido irritante, distinto del escándalo normal de la mañana. Era un "ñeeeeeee, ñeeeeee" muy insistente, muy gastado, desesperado pero al mismo tiempo apagado por el esfuerzo. Al principio me sonó a chicharra, pero en vista de que no era de tarde ni estamos en el verano, me paré a ver si se trataba de la oportunidad que habíamos estado esperando.
Desde que tenemos nuestro propio espacio, Sara y yo habíamos jugado con la idea de conseguirnos una mascota, pero nuestra primera casa siempre lo hizo imposible. Como no tenía patio, temíamos que estuviera muy confinado para el animalito, además de que yo no me animaba a tener un gato adentro con tanta alfombra y muebles costosos (al menos costosos para nosotros, que nos tardamos bastante en pagarlos). Por mucho que queríamos, las condiciones no se daban para que estuvieramos a gusto con un animalito rondando por la casa, pero más importante aún, para que él estuviera feliz viviendo con nosotros.
En la balanza de pros y contras de nuestra nueva casa, definitivamente entre las ventajas estaba el hecho de que se trataba de un lugar más propicio para una mascota. Al fin teníamos un patio suficientemente grande para que pudiera jugar un perro, y el interior suficiente para que un gato tuviera su espacio y pudiera estirar las piernas. Pero pasaban las semanas, y aunque la promesa estaba siempre presente, todas las ocasiones en las que nos cayeron perros y gatos del cielo simplemente no se repetían. Vaya, hubo un tiempo en el que trabajé de voluntario los fines de semana con un grupo de adopción de perros y gatos, y no pasaba un día sin que deseara llevarme un perro o un gato al acabar la jornada. Ya pasaron meses desde la última vez que tuve ese buffet a mi disposición, sin embargo.
Así que queríamos un gato, estábamos listos, pero no sabíamos a dónde acudir. Sara incluso llamó a las oficinas del grupo donde yo ayudaba para preguntar si seguían visitando centros comerciales con animales para adoptar, pero le dijeron que ya no hacían eso, ni tenían un lugar con todos los animales, sino que todo se manejaba a través de su no muy actualizada página de internet. ¿Que no se tiran montones de gatos todos los días? Mis hermanos nunca batallaron para traer constantemente gatos nuevos a la casa de mis padres, para desgracia de mi madre, que es alérgica.
Por eso respondí rápido al "ñeeeee, ñeeee". Hay un montón de gatos en nuestra esquina: por las noches voltean nuestro bote de basura y se paran sobre la parrilla de los Pollos de enfrente para lamer la grasa (nos dimos cuenta de esto antes de comprar nada con ellos, afortunadamente), pero son gatos grandes, furtivos, que no confían en uno. Estaba listo para encontrar uno más, que me mirara receloso y se alejara llorando. Pero por tratar no quedaría.
Abrí la puerta y ahí estaba, frente al portón, escondido al lado de la llanta delantera del carro. Una cosita sucia, pequeñita, desgañitándose a más no poder. En cuanto lo llamé con el tradicional "sh sh sh", corrió hacia mí, lo que me sorprendió. Esa y otras señales me indicaron que acababan de tirarlo, porque un gato callejero pronto aprende a la mala a no confiar en las personas. Era un desastre: estaba sucio, tenía pintura alrededor del área de la cola (por un momento pensé que era sangre seca, pero la mancha era de color rojo brillante, no negro), su cola tenía la punta torcida (como Pikachu, haciendo una zeta), costras lagañosas en toda la cara y las patas cubiertas de lodo y excremento endurecidos. Pero era un bebé, estaba bonito abajo de toda esa mugre, tenía unos ojotes azules y estaba ronroneando a más no poder al tener a alguien que lo sujetara.
Pasé una hora con el gatito, tranquilizándolo, dándole pedacitos de salchicha, jugando con él. Me estaba desvelando en serio, y realmente no sabía si estaba haciendo lo correcto. Todavía faltaba que a Sara le gustara, pero en realidad una vez que lo metí a la casa, iba a necesitar pasar algo muy serio para que lo volviera a sacar.
Como cualquier infante, en cuanto me desaparecía de su vista hacía un escándalo descorazonador. Cuando ya no aguantaba más el sueño, no me quedó más remedio que encerrarlo en el segundo piso, en el estudio, para ahogar un poco sus maullidos asustados. Muerto de sueño, le dejé un recado a Sara en el refrigerador diciéndole que había una sorpresa en el estudio, y me fui a dormir.
Me desperté cuando Sara entró al cuarto. Cuando nos dimos los buenos días me dijo que acaba de llamar a la organización, donde le dijeron que ellos no tenian gatos en sus oficinas. Le pregunté que si no había visto el recado que le dejé en el refri, me dijo que no y subió a ver. El grito de sorpresa me llegó fuerte y claro.


Jugando con unos Smarties
Todo lo demás le encantó: muerde y se pelea con "Jirafín", juega con su juguete, no se molesta cuando la cepillamos... su cama, sin embargo, ha sido un problema. Resulta que entre sus múltiples extrañezas, la niña prefiere dormir en espacios pequeños, claustrofóbicos: atrás del refrigerador o de la estufa, adentro de un cajón al cual sólo se puede entrar por una mini-ranurita, dentro de canasta donde ponemos frutas... y cuando no se mete a uno de estos escondrijos, le gusta acostarse toda la mañana sobre una cubeta de pintura que da directo a la puerta de la recámara. Nos preguntamos los primeros días por qué le encantaba ponerse ahí, si probablemente no era nada cómodo... hasta que nos dimos cuenta de que era un lugar privilegido para darse cuenta de cuando salíamos del cuarto. Aaaaaw.
Luchando bien feroz con "Jirafín"...

... y tomando una siesta juntos después de guerrerar.
Al principio, como no sabíamos su sexo, la llamábamos Mystery, en honor a Mystery Science Theater 3000. Cuando el vet nos dijo que era niña, yo le puse Sega. Era buena idea, pero al llamarla simplemente no cuajaba. Al final nos decidimos por Zeldita. Así le llama Sara al mejor juego de Zelda que ha existido, A link to the past, y el único que ella ha disfrutado y terminado.

Aunque al principio sí me movió el tapete el tener que cambiar nuestro estilo de vida para tomarla siempre en cuenta, no hubiera podido haber sido de otra manera: siempre supe que cuando tuviera una mascota propia, la trataría con toda la atención y cuidados que se merecen. Por su lado, ella demuestra su cariño de las maneras más bizarras posibles:
-Su lugar favorito para descansar es... sobre el teclado de la laptop. Sospecho que es una mazcla de la sensación de las teclas presionadas bajo ella y el querer estar directamente en mi campo de visión: lo cierto es que no pudo escoger un lugar más inoportuno. Y no es casualidad, tampoco: en cuanto la levanto y la quito, inmediatamente se vuelve a acomodar, dos, tres, cuatro veces, hasta que la tengo que sacar del cuarto o me tengo que resignar a navegar solo con las teclas que deja expuestas. Por eso me tardé tanto en escribir esta presentación en sociedad.
-Un recordatorio de que es una bebé todavía: un día estaba yo acostado en el sillón viendo la tele, cuando Zeldita en sus jornadas exploratorias se subió a mi costado y se acercó a mi rostro. Olfateando un buen rato, descubrió un punto de interés: el lóbulo de mi oreja.... y comenzó a chuparlo, como si fuera teta de su mamá. No me queda otra explicación por la que hace eso: ronronea con fuerza y comienza a masajearme el cuello, y de tan relajada que se pone pronto se queda dormida... pero sin soltarme la oreja. En cuanto intento separarala, vuelve a ronronear con violencia y empieza a lamer y chupar el lóbulo como si algo estuviera saliendo de ahí. Es chistoso aunque un poco inconveniente. Últimamente a quien más se lo hace es a Sara, quien pasa más tiempo a solas con ella.
-Ligeramente preocupante: le gustan mis ojos. Le gustan, pero para jugar con ellos. Cuando está lo suficientemente cerca y ve que mis ojos se están moviendo, se pone en posición de acecho y tengo que depender de mis reflejos para cerrar los párpados justo cuando me lanza una pata hacia el ojo.

Zeldita ♥ Xbox
Solía llorar amargamente los primeros días cuando se quedaba sola (primero mientras trabajamos toda la noche, y después cuando dormimos toda la mañana), pero parece que ya se acostumbró... de hecho parece ya saber cuál es el horario de visitas, y se enoja cuando no le cumplimos. Por ejemplo, usualmente nos despertamos a las 4, y si acaso nos desvelamos y seguimos durmiendo para esa hora, Zeldita empieza a darnos serenata. "¡Eh, ya es hora, no se sordeen!" parece decir.
Por el momento tenemos dos cosas que solucionar: primero, su alimentación. Como a nadie le importan los gatos, encontrarle comida sana y de calidad aquí en Monterrey es casi imposible. Ya mis papás nos habían advertido que sólo darle croquetas les destruye los riñones, pero en general darles de todo lo que venden en el supermercado para gatos es el equivalente a no alimentarlos más que con Churrumais.
Por otro lado, nos preocupaba que le fuera a afectar estar sola tanto tiempo. Todavía no se si se aburre o se entristece (sus juguetes siempre aparecen regados por todos lados) pero quizá la falta de actividad en la noche y las mañanas contribuye a que sea un remolino por las tardes. No tiene punto medio: o está aferrada con jugar brusco, o se queda dormida (y cuando estoy escribiendo, ninguna de las dos opciones es mejor que la otra). Quizá es natural con los gatitos chiquitos, que quieran jugar todo el tiempo y después se van tranquilizando mientras crecen. De todas maneras, cuando sólo se puede escoger entre arañazos, no usar la laptop o que te chupe la oreja, a veces desearíamos que tuviera un punto medio.
Ahora que somos familia de tres, no será de extrañar que haga cameos de cuando en cuando en nuestros blogs, si acaso no llega a ser la estrella de varios posts. ¡Diga hola, mija!

Pedro Arizpe, 01/05/07


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